Querido Diego:

En estas últimas semanas de embarazo en las que veo que se acerca el final, me invade una sensación agridulce. Por un lado, a mis 34 semanas y con un bombo considerable y una ciática que me hace andar como si fuera un pinguino que recibe constantes descargas eléctricas, estoy deseando dar a luz y volver a ser yo en mi cuerpo, volver a bailar zumba, a dormir bocabajo, a tener energía a pesar de dormir entrecortadamente…pero, por otro lado, me invade una pena infinita e incontenible que a veces se traduce en irremediables lágrimas. Está llegando el fin de nuestra preciosa relación madre e hijo. Han sido dos años y medio de un vínculo muy estrecho que espero que dure para siempre. Tuvimos un parto horrible, pero lo suplimos con una lactancia a demanda, colecho y porteo que curó mis heridas.

Te he cogido en brazos y dado el pecho siempre que he podido hasta que hace unos meses, el embarazo dijo que no podía más, muy a mi pesar y tuvimos que dejarlo. Ahora ya eres capaz de mirar mi pecho que te ha alimentado más de dos años de otra manera y me alegro porque así tiene que ser…ahora dejas paso a que tu nueva hermanita se “apodere” de él, pero mis brazos los tendrás siempre, eso ya lo sabes…

Supongo que te hueles algo..has visto crecer mi tripa a un ritmo considerable y cada vez tengo menos energía para seguirte el ritmo alocado que llevas como niño avispado que está descubriendo el mundo con ojos nuevos y limpios. Ahora cada noche leemos el libro de “Lulú va a tener un hermanito” para intentar irte explicando lo que va a suceder. Tú piensas que el bebé es sólo mi ombligo, pero yo te voy contando  que será una niña que llorará seguramente, pero crecerá junto a tí y aunque tengas celos de ella y os peleéis, pronto descubrirás que es un gran regalo que hemos querido hacerte tanto a tí como a tus otros tres hermanos.

Por eso intento estrujar al máximo estas últimas seis semanas que nos quedan juntos como si del fin del mundo se tratara porque sé que nuestra relación nunca volverá a ser exáctamente como es a día de hoy. Y así, te contemplo lo mayor que te has hecho, lo mucho que has crecido este verano y cómo cada vez te expresas mejor con palabras. Miro tus ricitos rubios, las redondeces de tu carita de niño bebé todavía y lo contemplo todo como la gran obra de arte que hemos hecho tu padre y yo contigo. Porque al fin y al cabo, ¿quién nos iba a decir que tendríamos un hijo rubio de pelo rizado, eh?

Cuándo por las noches tu padre te lleva de nuestra cama a tu litera, me da una pena horrible, es como si me arrancaran un trozo de mí. Estoy tan acostumbrada a tenerte cerquita, a tu calor, a tu olor y tú, imagino que también, que al irte te echo mucho de menos, aunque parezca una locura y eso que a estas alturas del embarazo necesito más espacio para estirarme bien para dormir y girarme, pero aún así, te extraño. Sé que no durará mucho porque en nada estará tu hermana con nosotros y el dedicarme a ella 100% suplirá esta sensación, pero quería que lo supieras…

Sé que mi corazón puede dividirse una vez más y repartir amor entre un hijo más, ¡ el quinto ya! Me ha pasado cuatro veces más, pero aún así, no puede evitar el de repente mirarte y ponerme a llorar como una tonta pensando en lo que te echo ya de menos ahora que has empezado el cole.

Cuando nazca tu hermana, te veré incluso más grande, pero para mí, en mi corazón siempre serás mi hijito querido, como lo han sido todos tus hermanos anteriormente. Quizás luego sea más dura contigo y te exija más, no me lo tengas en cuenta. No es fácil daros a cada uno de vosotros lo que necesitáis y sobre todo, en el momento en el que lo necesitáis, pero yo lo intento de veras, aunque sólo tenga dos brazos y el día 24 horas, pero ahí estaré siempre que me necesites para cogerte cuando te caigas, para darte un abrazo de oso, para besar tu cabello de oro, para leerte un cuento bien agarraditos.

Te quiere infinito,

Tu mamá

María

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